Pese a las recomendaciones hechas por algunos expertos de la Organización Mundial de Salud (OMS) el pasado mes de septiembre, que aconsejaban no imponer restricciones al transporte de pasajeros y mercancías procedentes de los países afectados por la epidemia del ébola, las dimensiones y la gravedad de la misma han propiciado decisiones políticas en algunos países que han repercutido enormemente sobre el transporte de mercancías, frenando no solo las exportaciones y las importaciones de bienes de consumo en los puertos de los tres países más afectados (Sierra Leona, Guinea y Liberia), sino también de parte de la ayuda humanitaria destinada a combatir la expansión de la epidemia.

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Las cadenas de suministro, claves para la ayuda humanitaria

El nuevo brote de ébola que está asolando el occidente africano ha puesto en cuestión, una vez más, la utilidad de las restricciones comerciales para poner freno a la expansión de este tipo de epidemias cuando se imponen sin ningún tipo de base científica.

Algunos organismos internacionales ya alertaron sobre la poca efectividad de algunas medidas de aislamiento para combatir la enfermedad cuando, el pasado mes de julio, Liberia ordenó poner en cuarentena a las comunidades más afectadas por el virus, sin que estas medidas estuvieran avaladas por criterios médicos o científicos.

La pasividad de las instituciones y los organismos internacionales, sobre todo durante los primeros meses del brote (críticos para controlar su expansión), junto a las restricciones impuestas por otros países como respuesta a la alarma social generada a partir de las informaciones que llegan tanto de la situación que se vive en África como de los casos detectados en Europa y los Estados Unidos, han propiciado un descenso drástico de las operaciones que se llevan a cabo en los puertos de los tres países africanos más afectados por el virus, acrecentando con ello la crisis que atraviesan, dada la gran importancia que tienen las importaciones para las economías respectivas.

De poco han servido los compromisos de las principales compañías navieras, algunas de las cuales contribuyen con la financiación de hospitales de campaña y de equipamientos médicos varios, de mantener y reforzar sus servicios comerciales en Liberia, Guinea y Sierra Leona.

Tampoco parecen tener mucho efecto real las repetidas llamadas de la OMS y la ONU a levantar las restricciones impuestas al tráfico de personas y mercancías con estos países: el notable descenso del volumen de las mercancías transportadas evidencia que el pánico se ha transmitido más rápidamente que la enfermedad, un hecho que afecta de un modo crítico a las cadenas de suministros que pasan por esas latitudes; de un modo directo, retrasando la llegada de material humanitario y de primera necesidad y, de un modo indirecto, de bienes de consumo que empeoran las ya castigadas economías nacionales de dichos países.

El 22 de septiembre, el Comité de Emergencia de la OMS insistía advirtiendo que «las restricciones al transporte internacional […] tienen consecuencias perjudiciales y obstaculizan los esfuerzos de socorro», incrementando las posibilidades de propagación de la epidemia a escala internacional.

También los principales operadores internacionales se han sumado, en el mismo sentido, a estas advertencias lanzadas por los organismos mundiales, afirmando que de no mantener las rutas comerciales con las zonas afectadas, garantizando el suministro constante de alimentos y bienes de primera necesidad, la crisis podría cobrar proporciones aún mayores.

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